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Volaron por el aire copas enteras de árboles, varios troncos partidos en dos, terrenos negros con cabelleras de hierbas, un chorro de polvo que obscureció el cielo.

los alemanes se encogieron, pero sin emoción visible. la bandera con la cruz roja ya no podía engañar á los artilleros enemigos. don marcelo no tuvo tiempo para reponerse de su sorpresa: una segunda explosión más cerca de la tapia. una tercera en el interior del parque. le pareció que había saltado de repente á otro mundo. el se había imaginado hasta entonces el miedo en distinta forma. vaciló repetidas veces sobre sus pies, como si alguien le empujase dándole un golpe en el pecho para enderezarlo acto seguido con un nuevo golpe en la espalda.
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un olor de ácidos se esparció en el ambiente, dificultando la respiración, haciendo subir á los ojos el escozor de las lágrimas. los adivinaba en el oleaje del aire, en las sacudidas de las cosas, en el torbellino que encorvaba á los hombres, pero no repercutían en su interior. había perdido la facultad auditiva: toda la fuerza de sus sentidos se concentró en la mirada. sus ojos parecieron adquirir múltiples facetas, como los de ciertos insectos. y presenció cosas maravillosas, instantáneas, como si todas las reglas de la vida acabasen de sufrir un trastorno caprichoso. un oficial que estaba á pocos pasos emprendió un vuelo inexplicable. empezó á elevarse, sin perder su tiesura militar, con el casco en la cabeza, el entrecejo fruncido, el bigote rubio y corto, y más abajo el pecho color de mostaza, las manos enguantadas que sostenían unos gemelos y un papel.
pero aquí terminaba su individualidad. las piernas grises con sus polainas habían quedado en el suelo, inánimes, como fundas vacías, expeliendo al deshincharse su rojo contenido. los hombres se contraían, para hacerse menos visibles, junto á las aspilleras por las que asomaban sus fusiles. muchos se habían colocado la mochila sobre la cabeza ó la espalda para que les defendiese de los cascos de obús. si se movían, era para amoldarse mejor en la tierra, buscando excavarla con su vientre. varios de ellos habían cambiado de postura con una rapidez inexplicable. ahora estaban tendidos de espaldas y parecían dormir. uno tenía abierto el uniforme sobre el abdomen, mostrando entre los desgarrones de la tela carnes sueltas, azules y rojas, que surgían y se hinchaban con burbujeos de expansión.
vió también ojos agrandados por la sorpresa y el dolor, bocas redondas y negras que parecían agitar los labios con un aullido. no sabía si llevaba en esta inmovilidad varias horas ó un minuto. lo único que le molestaba era el temblor de las piernas, que se resistían á sostenerle. al volver la cabeza vió su castillo transformado. las pizarras se esparcían en menudos fragmentos; los sillares se desmoronaban; el cuadro de piedra de un ventanal se mantenía suelto y en equilibrio como un bastidor. los maderos viejos de la caperuza empezaron á arder como antorchas. la vista de este cambio instantáneo de su propiedad le impresionó más que los estragos causados por la muerte. se dió cuenta del horror de las fuerzas ciegas é implacables que rugían en torno de él. la vida concentrada en sus ojos se esparció, descendiendo hasta sus pies. y echó á correr, sin saber adónde ir, sintiendo la misma necesidad de ocultarse que experimentaban aquellos hombres encadenados por la disciplina, obligados á aplastarse en el suelo, á envidiar la blanda invisibilidad de los reptiles. su instinto le empujaba hacia el pabellón, pero en mitad de la avenida le cortó el paso otra de las asombrosas mutaciones. una mano invisible acababa de arrancar de un revés la mitad de la techumbre. todo un lienzo de pared se dobló, formando una cascada de ladrillos y polvo.
quedaron al descubierto las piezas interiores lo mismo que una decoración de teatro; la cocina donde él había comido; el piso superior con el dormitorio, que aún conservaba deshecha su cama. se acordaba de la cueva donde había pasado encerrado una noche. y cuando se vió bajo su bóveda sombría la tuvo por el mejor de los salones, alabando la prudencia de sus constructores. escuchó como una tormenta amortiguada por la distancia el cañoneo de los alemanes y el estallido de los proyectiles franceses. vinieron á su memoria los elogios que había prodigado al cañón de 75 sin conocerle mas que por referencias. en poco tiempo iba á destrozar su castillo; encontraba excesiva tanta perfección. pero no tardó en arrepentirse de estas lamentaciones de su egoísmo. una idea tenaz como un remordimiento se había aferrado á su cerebro. le pareció que todo lo que sufría era una expiación, por la falta cometida en su juventud. había evitado el servir á su patria, y ahora se encontraba envuelto en los horrores de la guerra, con la humildad de un ser pasivo é indefenso, sin las satisfacciones del soldado, que puede devolver los golpes.
los escombros de su propiedad le servirían de sepulcro. y la certidumbre de la muerte en las tinieblas, como un roedor que ve obstruídos los orificios de su madriguera, comenzó á hacerle intolerable este refugio. un nuevo proyectil había caído sobre el edificio. tal vez el obús, con su furia ciega, había despedazado á muchos de los moribundos que ocupaban los salones. de los bordes pendían trozos de madera, pedazos bamboleantes de pavimento, muebles detenidos en mitad de su caída. salió corriendo, con la misma ansia de luz y de aire libre que empuja al náufrago á la cubierta desde las entrañas del buque. había transcurrido más tiempo del que él se imaginaba desde que se refugió en la obscuridad.
los heridos gemían encorvados ó permanecían en el suelo, apoyada la espalda en un árbol, con un mutismo doloroso. algunos habían abierto la mochila para sacar su bolsa de sanidad y atendían á la curación de los desgarrones de su carne. la infantería disparaba ahora sus fusiles incesantemente. nuevos grupos de soldados entraban en el parque: unos con su sargento al frente, otros seguidos por un oficial que llevaba el revólver apoyado en el pecho, como si con él guiase á los hombres. era la infantería expulsada de sus posiciones junto al río, que venía á reforzar la segunda línea de defensa. las ametralladoras unían su tac-tac de telar en movimiento al chasquido de la fusilería. silbaba el espacio, rayado incesantemente por el abejorreo de un enjambre invisible. millares de moscardones pegajosos se movían en torno de desnoyers sin que alcanzase á verlos. las cortezas de los árboles saltaban, empujadas por uñas ocultas; llovían hojas; se agitaban las ramas con balanceos contradictorios; partían las piedras del suelo, impelidas por un pie misterioso.
todos los objetos inanimados parecían adquirir una vida fantástica. los cazos de cinc de los soldados, las piezas metálicas de su equipo, los cubos de la artillería, repiqueteaban solos, como si recibiesen una granizada impalpable. otros aullaban arrastrándose ó caminaban con las manos en el vientre y las posaderas rozando el suelo. el viejo experimentó una sensación aguda de calor. un perfume punzante de drogas explosivas le hizo llorar y arañó su garganta. al mismo tiempo tuvo frío: sintió su frente helada por un sudor glacial. varios soldados pasaban con heridos para meterlos en el edificio, á pesar de que éste caía en ruinas.
de pronto recibió una rociada líquida de cabeza á pies, como si se abriese la tierra dando paso á un torrente. un obús había caído en el foso, levantando una enorme columna de agua, haciendo volar en fragmentos las carpas que dormían en el barro, rompiendo una parte de los bordes, convirtiendo en polvo la balaustrada blanca con sus jarrones de flores. se lanzó á correr con la ceguera del terror, viéndose de pronto ante un pequeño redondel de cristal que le examinaba fríamente. le señaló con el extremo de su revólver dos cubos que estaban á corta distancia. debía llenarlos en la laguna y dar de beber á sus hombres, sofocados por el sol. recibió un golpe de la culata del revólver en medio del pecho y al mismo tiempo la otra mano del teniente cayó cerrada sobre su rostro. pero ni derramó lágrimas ni la vida se escapó de su cuerpo ante esta afrenta, como era su deseo. se vió con los dos cubos en las manos llenándolos en el foso, yendo luego á lo largo de la fila de hombres, que abandonaban el fusil para sorber el líquido con una avidez de bestias jadeantes. ya no le causaba miedo la estridencia de los cuerpos invisibles.
su deseo era morir; sabía que forzosamente iba á morir. eran demasiados sus sufrimientos: en el mundo no quedaba espacio para él. tuvo que pasar ante brechas abiertas en el muro por el estallido de los obuses. vallas y arboledas se habían modificado ó borrado con el fuego de la artillería. distinguió al pie de la cuesta que ocupaba su castillo varias columnas de ataque que habían pasado el marne. los asaltantes estaban inmovilizados por el fuego nutrido de los alemanes. el viejo se sintió animado por una resolución desesperada: ya que había de morir, que lo matase una bala francesa.
y avanzó erguido, con sus dos cubos, entre aquellos hombres acostados que disparaban. luego, con súbito pavor, quedó inmóvil, hundiendo la cabeza entre los hombros, pensando que la bala que él recibiese representaba un peligro menos para el enemigo. era mejor que lo matasen los alemanes. y empezó á acariciar mentalmente la idea de recoger un arma de cualquiera de los muertos, cayendo sobre el _junker_ que le había abofeteado. estaba llenando por tercera vez los cubos y contemplaba de espaldas al teniente, cuando ocurrió una cosa inverosímil, absurda, algo que le hizo recordar las fantásticas mutaciones del cinematógrafo. desapareció de pronto la cabeza del oficial: dos surtidores de sangre saltaron de su cuello y el cuerpo se desplomó como un saco vacío. adivinó que la muerte soplaba en una nueva dirección. hasta entonces había llegado de frente, por la parte del río, batiendo la línea enemiga parapetada en la muralla. un movimiento hábil de los agresores, el uso de un camino apartado, tal vez un repliegue de la línea alemana, había permitido á los franceses colocar sus cañones en una nueva posición, batiendo de flanco á los ocupantes del castillo.
fué una fortuna para don marcelo el retardarse unos minutos al borde del foso, abrigado por la masa del edificio. la rociada de la batería oculta pasó á lo largo de la avenida, barriendo los vivos, destrozando por segunda vez á los muertos, matando los caballos, rompiendo las ruedas de las piezas, haciendo volar un armón con llamaradas de volcán, en cuyo fondo rojo y azulado saltaban cuerpos negros.
la siega de la muerte no había sido por gavillas: todo un campo quedaba liso con solo un golpe de hoz. y como si las baterías de enfrente adivinasen la catástrofe, redoblaron por su parte el fuego, enviando una lluvia de obuses. más allá del castillo, en el fondo del parque, se abrían cráteres en la arboleda que vomitaban troncos enteros.
los proyectiles sacaban de sus fosas á los muertos enterrados la víspera. los que no habían caído siguieron tirando por las aberturas del muro. unos armaban la bayoneta, pálidos, con los labios apretados y un brillo de locura en los ojos; otros volvían la espalda, corriendo hacia la salida del parque, sin prestar atención á los gritos de los oficiales y á los disparos de revólver que hacían contra los fugitivos.
todo esto ocurrió con vertiginosa rapidez, como una escena de pesadilla. al otro lado del muro sonaba un zumbido ascendente igual al de la marea. las ametralladoras funcionaban con velocidad, como máquinas de coser. el ataque iba á quedar inmovilizado de nuevo por esta resistencia furiosa. los alemanes, locos de rabia, tiraban y tiraban. en una brecha aparecieron kepis rojos, piernas del mismo color intentando pasar sobre los escombros. pero la visión se borró instantáneamente bajo la rociada de las ametralladoras.
los asaltantes debían caer á montones al otro lado de la pared. desnoyers no supo con certeza cómo se realizó la mutación. de pronto vió los pantalones rojos dentro del parque. pasaban con un salto irresistible sobre el muro, se deslizaban por las brechas, venían del fondo de la arboleda por entradas invisibles. y revueltos con ellos, en el desorden de la carga, tiradores africanos con ojos de diablo y bocas espumeantes, zuavos de amplios calzones, cazadores de uniforme azul. con el sable en alto, después de haber agotado los tiros de sus revólveres, avanzaban contra los asaltantes, seguidos de los soldados que aún les obedecían. al viejo le pareció que el mundo había caído en profundo silencio. los gritos de los combatientes, el encontrón de los cuerpos, la estridencia de las armas, no representaban nada después que los cañones habían enmudecido. vió hombres clavados por el vientre en el extremo de un fusil, mientras una punta enrojecida asomaba por sus riñones; culatas en alto cayendo como martillos; adversarios que se abrazaban rodando por el suelo, pretendiendo dominarse con patadas y mordiscos.
desaparecieron los pechos de color de mostaza; sólo vió espaldas de este color huyendo hacia la salida del parque, filtrándose entre los árboles, cayendo en mitad de su carrera alcanzadas por las balas. muchos de los asaltantes deseaban perseguir á los fugitivos y no podían, ocupados en desprender con rudos tirones su bayoneta de un cuerpo que la sujetaba en sus espasmos agónicos. se encontró de pronto don marcelo en medio de estos choques mortales, saltando como un niño, agitando las manos, profiriendo gritos. luego volvió á despertar, teniendo entre sus brazos la cabeza polvorienta de un oficial joven que le miraba con asombro. tal vez le creía un loco al recibir sus besos, al escuchar sus palabras incoherentes, al recibir en sus mejillas una lluvia de lágrimas. corrían con la bayoneta por delante en seguimiento de los últimos restos del batallón alemán que escapaba hacia el pueblo. un grupo de jinetes pasó por el camino. eran dragones que llegaban para extremar la persecución. pero sus caballos estaban fatigados; únicamente la fiebre de la victoria, que parecía transmitirse de los hombres á las bestias, sostenía su trote forzado y doloroso. uno de estos jinetes se detuvo junto á la entrada del parque.
el caballo devoró con avidez unos hierbajos, mientras el hombre permanecía encogido en la silla como si durmiese. estaba muerto; las entrañas colgaban fuera de su abdomen. empezaron á caer en las inmediaciones enormes peonzas de hierro y humo. la artillería alemana hacía fuego contra sus posiciones perdidas. los cañones franceses empezaron á tronar por la parte del pueblo. grupos de soldados exploraban el castillo y las arboledas inmediatas. de las habitaciones en ruinas, de las profundidades de las cuevas, de los matorrales del parque, de los establos y _garages_ incendiados, iban surgiendo hombres verdosos con la cabeza terminada en punta. habían perdido de golpe toda su fiereza al verse lejos del oficial y libres de la disciplina. algunos que sabían un poco de francés hablaban de su mujer y de sus hijos, para enternecer á los enemigos que les amenazaban con las bayonetas. permaneció en su castillo hasta la mañana siguiente. vió la inesperada salida de georgette y su madre de las profundidades del pabellón arruinado. lloraban al contemplar los uniformes franceses. después de una mala noche pasada entre escombros, don marcelo decidió marcharse.
¿qué le quedaba que hacer en este castillo destrozado?. le estorbaba la presencia de tanto muerto. los soldados y los campesinos iban enterrando los cadáveres á montones allí donde los encontraban. fosas junto al edificio, en todas las avenidas del parque, en los arriates de los jardines, dentro de las dependencias. hasta en el fondo de la laguna circular había muertos. habían caído muchos de los suyos en la ofensiva salvadora. muchos caerían aún en las últimas convulsiones de la batalla que continuaba á sus espaldas, agitando con un trueno incesante la línea del horizonte. vió pantalones de grana que emergían de los rastrojos, suelas claveteadas que brillaban en posición vertical junto al camino, cabezas lívidas, cuerpos amputados, vientres abiertos que dejaban escapar hígados enormes y azules, troncos separados, piernas sueltas. los caballos muertos abullonaban la llanura con sus costillares hinchados. vehículos de artillería con las maderas consumidas y el armazón de hierro retorcido revelaban el trágico momento de la voladura. rectángulos de tierra apisonada marcaban el emplazamiento de las baterías enemigas antes de retirarse.
encontró cañones volcados con las ruedas rotas, armones de proyectiles convertidos en madejas retorcidas de barras de acero, conos de materia carbonizada, que eran residuos de hombres y caballos quemados por los alemanes en la noche anterior á su retroceso. parecía que la tierra hubiese vomitado todos los cuerpos que llevaba recibidos desde los primeros tiempos de la humanidad. el sol, impasible, poblaba de puntos de luz, de fulgores amarillentos, los campos de muerte.
un hedor de cementerio acompañaba al caminante, siendo cada vez más intenso así como avanzaba hacia parís. cada media hora le hacía pasar á un nuevo círculo de podredumbre creciente, descender un peldaño en la descomposición animal. al principio, los muertos eran del día anterior: estaban frescos. los que encontró al otro lado del río llevaban dos días sobre el terreno; luego tres, luego cuatro. bandas de cuervos se levantaban con perezoso aleteo al oir sus pasos; pero volvían á posarse en tierra, repletos pero no ahitos, habiendo perdido todo miedo al hombre. de tarde en tarde encontraba grupos vivientes. vivaqueaban en torno de las granjas arruinadas, explorando el terreno para cazar á los fugitivos alemanes.
desnoyers tenía que explicar su historia, mostrando el pasaporte que le había dado lacour para hacer su viaje en el tren militar. como esqueletos de bestias prehistóricas, se destacaban sobre la llanura muchos armazones de acero retorcidos por el incendio. las chimeneas de ladrillo de las fábricas estaban cortadas casi á ras de tierra ó mostraban en sus cilindros varios orificios de obús limpios y redondos. parecían flautas pastoriles clavadas en el suelo. junto á los pueblos en ruinas, las mujeres removían la tierra abriendo fosas. este trabajo resultaba insignificante. se necesitaba un esfuerzo inmenso para hacer desaparecer tanto muerto. la sed le hizo beber en una laguna, y al levantar la cabeza vió unas piernas verdes que emergían de la superficie líquida, hundiendo sus botas en el barro de la orilla. la cabeza de un alemán estaba en el fondo del charco. llevaba varias horas de marcha, cuando se detuvo, creyendo reconocer una casa en ruinas. era la taberna donde había almorzado días antes, al dirigirse á su castillo. penetró entre los muros hollinados, y un enjambre de moscas pegajosas vino á zumbar en torno de su cara. un hedor de grasa descompuesta por la muerte arañó su olfato. una pierna que parecía de cartón chamuscado asomaba entre los escombros. creyó ver otra vez á la vieja con los nietos agarrados á sus faldas.
nosotros no hacemos mal á nadie y nada debemos temer. el _chauffeur_ se paseaba tranquilamente junto al vehículo, como si estuviese en su punto de parada. no tardó en entablar conversación con este señor que se le aparecía roto y sucio como un vagabundo, con media cara lívida por la huella de un golpe. había traído á unos parisienses que deseaban ver el campo del combate. eran de los que escriben en los periódicos; los aguardaba allí para regresar al anochecer. don marcelo hundió la diestra en un bolsillo. doscientos francos si le llevaba á parís. el _chauffeur_ protestó con la gravedad de un hombre fiel á sus compromisos. el otro por toda respuesta dió una vuelta á la manivela del motor, que empezó á roncar. todos los días no se daba una batalla en las inmediaciones de parís. y desnoyers, dentro del vehículo, vió pasar por las portezuelas este campo de horrores en huída vertiginosa, para disolverse á sus espaldas. al entrar en parís, las calles solitarias le parecieron llenas de gentío. nunca había encontrado tan hermosa la ciudad. vió la opera, vió la plaza de la concordia, se imaginó estar soñando al apreciar el enorme salto que había dado en una hora. comparó lo que le rodeaba con las imágenes de poco antes, con aquella llanura de muerte que se extendía á unos cuantos kilómetros de distancia.
uno de los dos términos de este contraste debía ser forzosamente falso. el majestuoso portero le saludó asombrado, no pudiendo explicarse su aspecto de miseria. su extrañeza continuó al verse dentro de su vivienda, recorriendo las habitaciones. la vista de sus riquezas, el goce de sus comodidades, le devolvieron la noción de su dignidad. al mismo tiempo fué resucitando en su memoria el recuerdo de todas las humillaciones y ultrajes que había sufrido. el kepis era de un rojo obscurecido por la mugre; el capote, demasiado ancho, estaba rapado y recosido; los zapatones exhalaban un hedor de cuero. nunca había contemplado á su hijo tan elegante y apuesto como lo estaba ahora con estos residuos de almacén. el padre le abrazó convulsivamente, gimiendo como un niño, sintiendo que sus pies se negaban á sostenerle. siempre había esperado que acabarían por entenderse. tenía su sangre: era bueno, sin otro defecto que cierta testarudez. le excusaba ahora por todo lo pasado, atribuyéndose á sí mismo gran parte de culpa. y volvía á besarle, retrocediendo luego unos pasos para apreciar mejor su aspecto.
decididamente, le encontraba más hermoso en su grotesco uniforme que cuando era célebre por sus elegancias de danzarín, amado de las mujeres. un gesto de odio crispaba su rostro. no es una guerra como las otras, con enemigos leales: es una cacería de fieras. por cada uno que tumbes, libras á la humanidad de un peligro.
la familia no se forma siempre á nuestro gusto. hombres de tu sangre están al otro lado. doña luisa no podía vivir en biarritz, lejos de su marido, en vano «la romántica» le hablaba de los peligros del regreso. el gobierno todavía estaba en burdeos; el presidente de la república y los ministros sólo hacían rápidas apariciones en la capital. podía cambiar de un momento á otro el curso de la guerra: lo del marne sólo representaba un alivio momentáneo. pero la buena señora se mantuvo insensible á estas sugestiones luego de haber leído las cartas de don marcelo. rené ocupaba mucho lugar en su pensamiento. la ausencia había servido para que se enterase de que estaba enamorada. y la familia abandonó su vida de hotel para regresar á la avenida víctor hugo. parís iba modificando su aspecto después de la sacudida de á principios de septiembre. los dos millones escasos de habitantes que permanecieron quietos en sus casas, sin dejarse arrastrar por el pánico, habían acogido con grave serenidad la victoria.
ninguno se explicaba con exactitud el curso de la batalla: vinieron á conocerla cuando ya había terminado. un domingo de septiembre, á la hora en que paseaban los parisienses aprovechando el hermoso atardecer, supieron por los periódicos el gran triunfo de los aliados y el peligro que habían corrido. la gente se alegró, pero sin abandonar su actitud calmosa. la victoria fué devolviendo lentamente á la capital su antiguo aspecto. una calle desierta semanas antes se poblaba de transeuntes. los vecinos, acostumbrados en sus casas á un silencio conventual, volvían á escuchar ruidos de instalación en el techo y debajo de sus pies.
la alegría de don marcelo al ver llegar á los suyos fué obscurecida por la presencia de doña elena. era alemania que volvía á su encuentro, el enemigo otra vez en su domicilio. ella callaba en presencia de su cuñado. le era imposible comprender en sus reflexivos silencios cómo los alemanes no habían conquistado aquel suelo que ella pisaba; y para explicarse este fracaso, admitía las más absurdas suposiciones. una preocupación particular aumentaba su tristeza. ¡qué sería de sus hijos! don marcelo no le habló nunca de su entrevista con el capitán von hartrott. callaba su viaje á villeblanche; no quería contar sus aventuras durante la batalla del marne.
una caperuza de planchas de cinc sustituía ahora á la antigua techumbre para evitar que las lluvias rematasen la destrucción interna. estaba en perfecta salud al iniciarse la batalla. doña luisa pasaba una parte del día en las iglesias, adormeciendo sus inquietudes con el rezo. estas oraciones ya no eran vagas y generosas por la suerte de millones de hombres desconocidos, por la victoria de todo un pueblo. las concretaba con maternal egoísmo en una sola persona, su hijo, que era soldado como los otros y tal vez en aquellos momentos se veía en peligro. había suplicado que él y su padre se entendiesen, y cuando al fin dios quería favorecerla con un milagro, julio se alejaba al encuentro de la muerte. alguien rezaba junto á ella en la iglesia formulando idénticas peticiones. los ojos lacrimosos de su hermana se elevaban al mismo tiempo que los suyos hacia el cadáver crucificado.» doña luisa, al decir esto, veía á julio tal como se lo había mostrado su esposo en una fotografía pálida recibida de las trincheras, con kepis y capote, las piernas oprimidas por unas bandas de paño, un fusil en la diestra y el rostro ensombrecido por una barba naciente.
» y doña elena contemplaba á su vez un grupo de oficiales con casco y uniforme verde reseda partido por las manchas de cuero del revólver, los gemelos, el portamapas y el cinturón, del que pendía el sable. la divinidad, fatigada de tanto rezo contradictorio, iba á volverse de espaldas para no oir á unos ni á otros. lo mismo que al principio de las hostilidades, volvió á sentir el tormento de su presencia. doña luisa repetía inconscientemente las afirmaciones de su hermana, sometiéndolas al criterio superior del esposo. así pudo enterarse don marcelo de que la victoria del marne no había existido nunca en la realidad: era una invención de los aliados. los generales alemanes habían creído prudente retroceder, por sus altas previsiones estratégicas, dejando para más adelante la conquista de parís, y los franceses no habían hecho mas que ir detrás de sus pasos, ya que les dejaban el terreno libre. ella conocía las opiniones de algunos militares de países neutros; había hablado en biarritz con personas de gran competencia; sabía lo que decían los periódicos de alemania. el público ni siquiera conocía esta batalla. sólo se le ocurría desear una transformación completa de aquel enemigo albergado bajo su techo.
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sin embargo, empezó á mostrar una sorda hostilidad contra su hermana. había tolerado hasta entonces sus entusiasmos en favor de la patria del marido porque consideraba más importantes los vínculos de familia que las rivalidades de nación. por el hecho de que desnoyers fuese francés y karl alemán, ella no iba á pelear con elena. pero de pronto se desvaneció este sentimiento de tolerancia. ¡que muriesen todos los hartrott antes de que julio recibiese la herida más insignificante!. participó de los sentimientos belicosos de su hija, reconociendo en ella un gran talento para apreciar los sucesos. pasaba las tardes fuera de la casa. luego, al regresar, iba repitiendo opiniones y noticias de amigos suyos desconocidos de la familia. ya era hora de volver al lado de los suyos; agradecía mucho las bondades de la familia. y desnoyers la despidió con irónica agresividad.. vido, bestiwlity, vi9deo, bestiwality, fideo, bestialitt, bestial9ty, viceo, bestialituy, bestiuality, bestiality video 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