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Querían pasar la noche cerca de él, para que no se viese solo entre los alemanes. Las dos mujeres trasladaron ropas y colchones desde el pabellón al último piso.

el conserje estaba ocupado en calentar el segundo baño de su excelencia. su esposa lamentaba con gestos desesperados el saqueo del castillo. deseosa de salvar los últimos restos, buscaba al dueño para hacerle denuncias, como si éste pudiese impedir el robo individual y cauteloso. los ordenanzas y escribientes del conde se metían en los bolsillos todo lo que resultaba fácil de ocultar. decían sonriendo que eran recuerdos. luego se aproximó con aire misterioso para hacerle una nueva revelación. había visto á un jefe forzar los cajones donde guardaba la señora la ropa blanca, y cómo formaba un paquete con las prendas más finas y gran cantidad de blondas.
don marcelo lo reconoció con sorpresa. pero inmediatamente excusó su acto. encontraba natural que se llevase algo de su casa, después que el comisario había dado el ejemplo. además tuvo en cuenta la calidad de los objetos que se apropiaba. más de una hora llevaba ante la mesa escribiendo sin cesar, conversando pluma en mano con su augusta, con toda la familia que vivía en cassel. mejor era que se llevase lo suyo este hombre bueno, que los otros oficiales altivos, de voz cortante é insolente tiesura. vió cómo levantaba la cabeza cada vez que pasaba georgette, la hija del conserje, siguiéndola con los ojos. indudablemente se acordaba de las dos señoritas que vivían en alemania con el pensamiento ocupado por los peligros de la guerra.
en uno de sus viajes desde el castillo al pabellón, la muchacha fué llamada por el alemán. mientras tanto, blumhardt le hablaba acariciándole las mejillas con sus manazas de hombre de pelea. los recuerdos de una vida pacífica y virtuosa resurgían á través de los horrores de la guerra. decididamente, este enemigo era un buen hombre. entregó su carta y un paquete voluminoso á un soldado para que los llevase al pueblo, donde estaba la estafeta del batallón. no dejo pasar un día de descanso sin enviar carta. pero con un gesto de indiferencia dió á entender que aceptaba los regalos hechos á costa suya. el comandante siguió hablando de la dulce augusta y de sus hijos, mientras tronaba la tempestad invisible en el horizonte sereno del atardecer. cada vez era más intenso el cañoneo. seguramente es la última y la ganaremos. antes de una semana vamos á entrar en parís.
creo que mañana ya no estaremos aquí. todas las reservas tendrán que atacar para vencer la suprema resistencia. la posibilidad de morir al día siguiente contrajo su rostro con un gesto de rencor. una arruga vertical partía sus cejas. miró á desnoyers con ferocidad, como si le hiciese responsable de su muerte y de la desgracia de su familia. durante unos minutos, don marcelo no reconoció al blumhardt dulce y familiar de poco antes, dándose cuenta de las transformaciones que la guerra realiza en los hombres. desnoyers no podía entenderle por hablar en alemán, pero siguiendo las indicaciones de su mano, vió en la entrada del castillo, más allá de la verja, un grupo de gente campesina y unos cuantos soldados con fusiles.
vió á un muchacho del pueblo entre dos alemanes que le apuntaban al pecho con sus bayonetas. estaba pálido, con una palidez de cera. en una sien tenía una desolladura que manaba sangre. a corta distancia una mujer con el pelo suelto, rodeada de cuatro niñas y un pequeñuelo, todos manchados de negro, como si surgiesen de un depósito de carbón. el suboficial que mandaba la escolta habló en alemán con el comandante, y mientras tanto la mujer se dirigió á desnoyers. mostraba una repentina serenidad al reconocer al dueño del castillo, como si éste pudiese salvarla. estaban refugiados desde el día anterior en la cueva de su casa incendiada. el hambre les había hecho salir, luego de librarse de una muerte por asfixia.

todas asentían, agregando sus gritos á los de la madre. y á este coro de femeniles vociferaciones se unían los gemidos de los pequeños, que contemplaban á su hermano con los ojos agrandados por el terror. el comandante examinó al prisionero mientras escuchaba al suboficial. un empleado del municipio había confesado aturdidamente que tenía veinte años, sin pensar que con esto causaba su muerte. desde que había recobrado sus funciones de mando parecía ignorar la existencia de don marcelo. era mejor consultar á su excelencia. ¡fusilar á un hombre por la sospecha de que pueda tener veinte años!. pero el comandante callaba y seguía caminando. al pasar el puente oyeron los sonidos del piano. esto pareció de buen augurio á desnoyers. aquel artista que le conmovía con su voz apasionada iba á decir la palabra salvadora. al entrar en el salón tardó en reconocer á su excelencia. vió un hombre ante el piano llevando por toda vestidura una bata japonesa, un kimono femenil de color rosa, con pájaros de oro, perteneciente á su chichí. en otra ocasión hubiese lanzado una carcajada al contemplar á este guerrero, enjuto, huesoso, de ojos crueles, sacando por las mangas sueltas unos brazos nervudos, en una de cuyas muñecas seguía brillando la pulsera de oro.
había tomado el baño y retardaba el momento de recobrar su uniforme, deleitándose con el sedoso contacto de la túnica femenina, igual á sus vestiduras orientales de berlín. blumhardt no manifestó la más leve extrañeza ante el aspecto de su general. erguido militarmente habló en su idioma, mientras el conde le escuchaba con aire aburrido, pasando sus dedos sobre las teclas.
una ventana próxima dejaba visible la puesta del sol, envolviendo en un nimbo de oro al piano y al ejecutante. la poesía del ocaso entraba por ella: susurros del ramaje, cantos moribundos de pájaros, zumbidos de insectos que brillaban como chispas bajo el último rayo solar. su excelencia, viendo interrumpido su ensueño melancólico por la inoportuna visita, cortó el relato del comandante con un gesto de mando y una palabra. dió dos chupadas á un cigarrillo turco que chamuscaba lentamente la madera del piano, y sus manos volvieron á caer sobre el marfil, reanudando la improvisación vaga y tierna inspirada por el crepúsculo. tampoco le encontró fuera de la casa. un soldado trotaba cerca de la verja para transmitir la orden. vió cómo la escolta repelía con las culatas al grupo vociferante de mujeres y chiquillos. todos se alejaban indudablemente hacia el pueblo después del perdón del general. estaba en mitad de la avenida, cuando sonó un aullido compuesto de muchas voces, un grito espeluznante como sólo puede lanzarlo la desesperación femenil. al mismo tiempo conmovieron el aire fuertes trallazos, un crepitamiento que conocía desde el día anterior. adivinó al otro lado de la verja un rudo vaivén de personas, unas retorciéndose contenidas por fuertes brazos, otras huyendo con el galope del miedo. vió correr hacia él una mujer despavorida, con las manos en la cabeza, lanzando gemidos.
era la esposa del conserje, que se había agregado poco antes al grupo de mujeres. don marcelo quedó inmóvil por la sorpresa. su excelencia continuaba ante el piano. ahora cantaba á media voz, con los ojos húmedos por la poesía de sus recuerdos. la sonrisa del jefe le hizo comprender de pronto su engaño. la guerra con sus crueles necesidades. siempre es prudente suprimir al enemigo de mañana. y con aire pedantesco, como si diese una lección, habló de los orientales, grandes maestros en el arte de saber vivir. uno de los personajes más admirados por él era cierto sultán de la conquista turca, que estrangulaba con sus propias manos á los hijos de los adversarios. nacen niños como todos, y es oportuno suprimirlos antes de que crezcan. una idea única ocupaba su pensamiento. el conde hizo un gesto de impaciencia. podía retirarse, y le aconsejaba que en adelante fuese discreto, evitando el inmiscuirse en los asuntos del servicio. luego le volvió la espalda é hizo correr las manos sobre el piano, entregándose á su melancolía armoniosa. empezó para don marcelo una vida absurda que iba á durar cuatro días, durante los cuales se sucedieron los más extraordinarios acontecimientos. no quiso encontrarse más con aquellos hombres, y huyó de su propio dormitorio, refugiándose en el último piso, en un cuarto de doméstico, cerca del que había escogido la familia del conserje.
en vano la buena mujer le ofreció comida al cerrar la noche: no sentía apetito. prefería la obscuridad y el verse á solas con sus pensamientos. veía con la imaginación el museo británico y ciertos relieves asirios que le habían llenado de pavor, como restos de una humanidad bestial. los guerreros incendiaban las poblaciones, los prisioneros eran degollados en montón, la muchedumbre campesina y pacífica marchaba en filas con la cadena al cuello, formando ristras de esclavos. nunca había reconocido como en aquel momento la grandeza de la civilización presente. todavía surgían guerras de vez en cuando, pero habían sido reglamentadas por el progreso.
la vida de los prisioneros resultaba sagrada, los pueblos debían ser respetados, existía todo un cuerpo de leyes internacionales para reglamentar cómo deben matarse los hombres y combatirse las naciones, causándose el menor daño posible. pero ahora acababa de ver la realidad de la guerra. ¡lo mismo que miles de años antes! los hombres con casco procedían de igual modo que los sátrapas perfumados y feroces de mitra azul y barba anillada. el adversario era fusilado aunque no tuviese armas; el prisionero moría á culatazos; las poblaciones civiles emprendían en masa el camino de alemania, como los cautivos de otros siglos. despertó al recibir en sus ojos la luz de una bujía. la mujer del conserje había subido otra vez para preguntarle si necesitaba algo. es preferible que usted no los vea. ahora se divierten rompiendo los muebles.
hasta el conde está borracho; borracho también ese jefe que hablaba con usted, y los demás. algunos de ellos bailan medio desnudos. deseaba callarse ciertos detalles, pero su verbosidad femenil saltó por encima de estos propósitos discretos. algunos oficiales jóvenes se habían disfrazado con sombreros y vestidos de las señoras y danzaban dando gritos é imitando los contoneos femeniles. uno de ellos era saludado con un rugido de entusiasmo al presentarse sin otro traje que una «combinación» interior de la señorita chichí. muchos gozaban un placer maligno al depositar los residuos digestivos sobre las alfombras ó en los cajones de los muebles, empleando para limpiarse los lienzos finos que encontraban á mano. los soldados dicen que se marchan al amanecer. hay una gran batalla, van á ganarla, pero todos necesitan pelear en ella. la tenía oculta, pero seguía con inquietud las idas y venidas de algunos de estos hombres enfurecidos por el alcohol. de todos, el más temible era aquel jefe que acariciaba paternalmente á georgette. el miedo por la seguridad de su hija le hizo marcharse después de lanzar nuevos lamentos. por la ventana abierta entraba la luz tenue de una noche serena.
al pie del castillo entonaban los soldados un cántico lento y melódico que parecía un salmo. del interior del edificio subió hasta él un estrépito de carcajadas brutales, ruido de muebles que se rompían, correteos de regocijada persecución. cerca de él, en el mismo piso, una puerta se había rajado con sordo crujido, no pudiendo resistir varios empujones formidables. tuvo el presentimiento de que era georgette la que gritaba y se defendía. antes de poner los pies en el suelo oyó una voz de hombre, la de su conserje; estaba seguro.
luego el estrépito de una segunda lucha. al salir al amplio corredor que terminaba en la escalera, vió luces y muchos hombres que subían en tropel saltando los peldaños. casi cayó al tropezar con un cuerpo del que se escapaba un rugido de agonía. el conserje estaba á sus pies, agitando el pecho con movimiento de fuelle. tenía los ojos vidriosos y desmesuradamente abiertos; su boca se cubría de sangre. junto á él brillaba un cuchillo de cocina. después vió á un hombre con un revólver en la diestra, conteniendo al mismo tiempo con la otra mano una puerta rota que alguien intentaba abrir desde dentro. lo reconoció á pesar de su palidez verdosa y del extravío de su mirada. era blumhardt, un blumhardt nuevo, con una expresión bestial de orgullo y de insolencia que infundía espanto. se lo imaginó recorriendo el castillo en busca de la presa deseada, la inquietud del padre siguiendo sus pasos, los gritos de la muchacha, la lucha desigual entre el enfermo con su arma de ocasión y aquel hombre de guerra sostenido por la victoria. este le puso el revólver ante los ojos, sonriendo fríamente. pero en el mismo instante desnoyers cayó al suelo, derribado por los que acababan de subir.
recibió varios golpes; las pesadas botas de los invasores le martillearon con su taconeo. sintió en su rostro un chorro caliente. no sabía si era suya ó de aquel cuerpo en el que se iba apagando el jadeo mortal. luego se vió elevado del suelo por varias manos que le empujaban ante un hombre. era su excelencia, con el uniforme desabrochado y oliendo á vino. sus ojos temblaban lo mismo que su voz. sufra las consecuencias de su falta de discreción. dió una orden, y el viejo se sintió impelido escalera abajo hasta las cuevas.
los que le conducían eran soldados al mando de un suboficial. el joven profesor era el único que no estaba ebrio, pero se mantenía erguido, inabordable, con la ferocidad de la disciplina. lo introdujo en una pieza abovedada sin otro respiradero que un ventanuco á ras del suelo.
muchas botellas rotas y dos cajones con alguna paja era todo lo que había en la cueva. su única salvación consiste en que siga la fiesta y le olviden. como la puerta estaba rota, lo mismo que todas las del castillo, hizo colocar ante ella un montón de muebles y cajones. don marcelo pasó el resto de la noche atormentado por el frío. era lo único que le preocupaba en aquel momento. había renunciado á la vida: hasta la imagen de los suyos se fué borrando de su memoria. trabajó en la obscuridad para acomodarse sobre los dos cajones, buscando el calor de la paja. cuando empezaba á soplar por el ventanillo la brisa del alba cayó lentamente en un sueño pesado, un sueño embrutecedor, igual al de los condenados á muerte ó al que precede á una mañana de desafío.
le pareció oir gritos en alemán, trotes de caballos, un rumor lejano de redobles y silbidos semejante al que producían los batallones invasores con sus pífanos y sus tambores planos. luego perdió por completo, la sensación de lo que le rodeaba. al abrir otra vez sus ojos, un rayo de sol deslizándose por el ventanuco trazaba un cuadrilátero de oro en la pared, dando un regio esplendor á las telarañas colgantes. alguien removía la barricada de la puerta. pensó que los invasores se habían ido. no comprendía de otro modo que la esposa del conserje se atreviese á sacarle de su encierro. al encontrar libre la salida vió don marcelo á la pobre mujer con los ojos enrojecidos, la faz huesosa, el pelo en desorden. la noche había gravitado sobre su existencia con un peso de muchos años. toda su energía se desvaneció de golpe al reconocer al dueño.
y se arrojó en sus brazos derramando lágrimas. don marcelo no deseaba saber nada: tenía miedo á la verdad. ahora que estaba despierto y libre, acarició la esperanza momentánea de que todo lo visto por él en la noche anterior fuese una pesadilla. lo asesinó aquel hombre que parecía bueno. tenía la sospecha de que el cadáver estaba en el foso. las aguas verdes y tranquilas se habían cerrado misteriosamente sobre esta ofrenda de la noche. georgette estaba en el pabellón: había huído horrorizada del castillo al marcharse los invasores. estos la habían guardado en su poder hasta el último momento. tiembla y llora al pensar que usted puede hablarle luego de lo ocurrido. habían salido del subterráneo y atravesaron el puente. la mujer miró con fijeza las aguas verdes y unidas. el cadáver de un cisne flotaba sobre ellas. antes de partir, mientras ensillaban sus caballos, dos oficiales se habían entretenido cazando á tiros de revólver los habitantes de la laguna.
las plantas acuáticas tenían sangre; entre sus hojas flotaban unos bullones blancos y flácidos, como lienzos escapados de las manos de una lavandera. don marcelo y la mujer cambiaron una mirada de lástima. se compadecieron mutuamente al contemplar á la luz del sol su miseria y su envejecimiento. ella sintió renacer sus energías al pensar en la hija. el paso de aquellas gentes lo había destruído todo; no quedaba en el castillo otro alimento que unos pedazos de pan duro olvidados en la cocina. hay que vivir, aunque sólo sea para ver cómo los castiga dios. con la audacia de su primera juventud, cuando navegaba por los mares infinitos de tierra del nuevo mundo guiando tropas de reses, se lanzó fuera de su parque. vió el valle, rubio y verde, sonriendo bajo el sol; los grupos de árboles; los cuadrados de tierra amarillenta, con las barbas duras del rastrojo; los setos, en los que cantaban pájaros; todo el esplendor veraniego de una campiña cultivada y peinada durante quince siglos por docenas y docenas de generaciones. y sin embargo, se consideró solo, á merced del destino, expuesto á perecer de hambre; más solo que cuando atravesaba las horrendas alturas de los andes, las tortuosas cumbres de roca y nieve envueltas en un silencio mortal, interrumpido de tarde en tarde por el aleteo del cóndor.
su vista no distinguió un solo punto movible: todo fijo, inmóvil, cristalizado, como si se contrajese de pavor ante el trueno que seguía rodando en el horizonte. se encaminó al pueblo, masa de paredones negros de la que emergían varias casuchas intactas y un campanario sin tejas, con la cruz torcida por el fuego. nadie tampoco en sus calles sembradas de botellas, de maderos chamuscados, de cascotes cubiertos de hollín. lo atravesó todo, hasta llegar al sitio ocupado por la barricada de los dragones. aún estaban las carretas á un lado del camino. vió un montículo de tierra en el mismo lugar del fusilamiento. dos pies y una mano asomaban á ras del suelo. al aproximarse se desprendieron unos bultos negros de esta fosa poco profunda que dejaba al descubierto los cadáveres. un tropel de alas duras batió el espacio, alejándose con graznidos de cólera.
gritaba ante las casas menos destrozadas; introducía su cabeza por puertas y ventanas limpias de obstáculos ó con hojas de madera á medio consumir. columbró entre las ruinas algo que avanzaba á gatas, una especie de reptil, que se detenía en su arrastre con vacilaciones de miedo, pronto á retroceder para deslizarse en su madriguera. otras larvas humanas fueron surgiendo al conjuro de sus gritos, pobres seres que habían renunciado á la verticalidad, que denuncia desde lejos, y envidiaban á los organismos inferiores su deslizamiento por el polvo, su prontitud para escurrirse en las entrañas de la tierra. eran mujeres y niños en su mayor parte, todos sucios, negros, con el cabello enmarañado, el ardor de los apetitos bestiales en los ojos, el desaliento del animal débil en la mandíbula caída.
vivían ocultos en los escombros de sus casas. el miedo les había hecho olvidar el hambre; pero al verse libres de enemigos, reaparecían de golpe todas sus necesidades, incubadas por las horas de angustia. desnoyers creyó estar rodeado de una tribu de indios famélicos y embrutecidos, igual á las que había visto en sus viajes de aventurero. necesitaba pan, necesitaba todo lo que fuese comestible: pagaría sin regatear. la vista del oro provocó miradas de entusiasmo y codicia; pero esta impresión fué breve. los ojos acabaron por contemplar con indiferencia el redondel amarillo. don marcelo se convenció de que el milagroso fetiche había perdido su poder. todos entonaban un coro de desgracias y horrores con voz lenta y quejumbrosa, como si llorasen ante un féretro: «señor, han muerto á mi marido.» «señor, se han llevado presos á todos los hombres; dicen que es para trabajar la tierra en alemania. ¡mi pobre hija!» su mirada de odio y de locura denunciaba la tragedia secreta; sus alaridos y lágrimas hacían recordar á la otra madre que gritaba lo mismo en el castillo. en el fondo de alguna cueva estaba la víctima, rota de cansancio, sacudida por el delirio, viendo todavía la sucesión de asaltantes brutales con el rostro dilatado por un entusiasmo simiesco.
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