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El grupo miserable tendía en círculo sus manos hacia aquel hombre cuya riqueza conocían todos. Las mujeres le enseñaban sus criaturas amarillentas, con los ojos velados por el hambre y una respiración apenas perceptible.

entregó á una madre la moneda que tenía entre los dedos. huyó, reconociendo la inutilidad de su esfuerzo. al entrar en su parque, un grupo de alemanes estaba tendiendo los hilos de una línea telefónica. acababan de recorrer las habitaciones en desorden y reían á carcajadas leyendo la inscripción trazada por el capitán von hartrott: «se ruega no saquear. los automóviles y furgones llevaban una cruz roja. un hospital de sangre iba á establecerse en el castillo. los médicos, vestidos de verde y armados lo mismo que los oficiales, imitaban su altivez cortante, su repelente tiesura. salían de los furgones centenares de camas plegadizas, alineándose en las diversas piezas; los muebles que aún quedaban fueron arrojados en montón al pie de los árboles.
un perfume de botica, de drogas concentradas, se esparció por las habitaciones, mezclándose con el fuerte olor de los antisépticos que habían rociado las paredes para borrar los residuos de la orgía nocturna. empujaron repetidas veces á desnoyers como si no le viesen. a mediodía empezaron á llegar otros automóviles, atraídos por la enorme bandera blanca con una cruz roja que había empezado á ondear en lo alto del castillo.
venían de la parte del marne; su metal estaba abollado por los proyectiles; sus vidrios tenían roturas en forma de estrella. bajaban de su interior hombres y más hombres, unos por su pie, otros en camillas de lona: rostros pálidos y rubicundos, perfiles aquilinos y achatados, cabezas rubias y cráneos envueltos en turbantes blancos con manchas de sangre; bocas que reían con risa de bravata y bocas que gemían con los labios azulados; mandíbulas sostenidas por vendajes de momia; gigantes que no mostraban destrozos aparentes y estaban en la agonía; cuerpos informes rematados por una testa que hablaba y fumaba; piernas con piltrafas colgantes que esparcían un líquido rojo entre los lienzos de la primera cura; brazos que pendían inertes como ramas secas; uniformes desgarrados en los que se notaba el trágico vacío de los miembros ausentes. la avalancha de dolor se esparció por el castillo.
funcionaban los teléfonos incesantemente; los operadores, puestos de mandil, iban de un lado á otro, trabajando con rapidez; la vida humana era sometida á los procedimientos salvadores con rudeza y celeridad. los que morían dejaban una cama libre á los otros que iban llegando. los portadores de estos residuos iban al fondo de su parque para enterrarlos en una plazoleta que era el lugar favorito de las lecturas de chichí.
soldados formando parejas llevaban objetos envueltos en sábanas que el dueño del castillo reconocía como suyas. el parque se convertía en cementerio. ya no bastaba la plazoleta para contener los muertos y los residuos de las curas: nuevas fosas se iban abriendo en las inmediaciones. los alemanes armados de palas habían buscado auxiliares para su fúnebre trabajo. una docena de campesinos prisioneros removían la tierra y ayudaban en la descarga de los muertos. ahora los conducían en una carreta hasta el borde de la fosa, cayendo en ella como los escombros acarreados de una demolición. don marcelo sintió un placer monstruoso al considerar el número creciente de enemigos desaparecidos, pero á la vez lamentaba esta avalancha de intrusos que iba á fijarse para siempre en sus tierras. sólo había comido uno de los pedazos de pan encontrados en la cocina por la viuda del conserje. el resto lo había dejado para ella y su hija. un tormento igual al del hambre representó para él la desesperación de georgette. y el señor, siempre que entraba en el pabellón, evitaba aproximarse á ella, como si su presencia le hiciese sentir más intensamente el recuerdo del ultraje. no le escucharon, y al insistir en sus peticiones lo pusieron á distancia con rudo manotón.
¡el no iba á perecer de hambre en medio de sus propiedades! aquellas gentes comían: las duras enfermeras se habían instalado en su cocina. pero transcurrió el tiempo sin encontrar quien se apiadase de su persona, arrastrando su debilidad de un lado á otro, viejo con una vejez de miseria, sintiendo en todo su cuerpo la impresión de los golpes recibidos en la noche anterior. conoció el tormento del hambre como no lo había sufrido nunca en sus viajes por las llanuras desiertas, el hambre entre los hombres, en un país civilizado, llevando sobre su cuerpo un cinto lleno de oro, rodeado de tierras y edificios que eran suyos, pero de los que disponían otros que no se dignaban entenderle. vió á un sanitario que con la espalda apoyada en un tronco iba á devorar un pan y un pedazo de embutido.
sus ojos envidiosos examinaron á este hombre, grande, cuadrado, de mandíbula fuerte cubierta por la florescencia de una barba roja. avanzó con muda invitación una moneda de oro entre sus dedos. brillaron los ojos del alemán al ver el oro; una sonrisa beatífica dilató su boca casi de oreja á oreja.
y le entregó sus comestibles tomando la moneda. don marcelo comenzó á tragar con avidez. nunca había saboreado la sensualidad de la alimentación como en aquel instante, en medio de su jardín convertido en cementerio, frente á su castillo saqueado, donde gemían y agonizaban centenares de seres. era el alemán, que volvía con dos panes y un pedazo de carne arrebatados de la cocina.» y luego de entregarle el viejo una segunda moneda de oro, pudo ofrecer estos alimentos á las dos mujeres refugiadas en el pabellón. era una diferencia apenas perceptible; tal vez un efecto del silencio nocturno, que aumentaba la intensidad de los sonidos. desnoyers pensó que su castillo no era mas que uno de los muchos hospitales establecidos en una línea de más de cien kilómetros, y que al otro lado, detrás de los franceses, existían centros semejantes y en todos ellos reinaba igual actividad, sucediéndose con aterradora frecuencia las remesas de hombres moribundos. muchos no conseguían siquiera el consuelo de verse recogidos: aullaban en medio del campo, hundiendo en el polvo ó en el barro sus miembros sangrientos; expiraban revolcándose en sus propias entrañas. y don marcelo, que horas antes se consideraba el ser más infeliz de la creación, experimentó una alegría cruel al pensar en tantos miles de hombres vigorosos deshechos por la muerte que podían envidiar su vejez sana, la tranquilidad con que estaba tendido en aquel lecho. a la mañana siguiente, el sanitario le esperaba en el mismo sitio con una servilleta llena.
dos rodajas brillantes aparecieron en los dedos de don marcelo. y sólo cuando le hubo entregado cinco monedas pudo adquirir el paquete de víveres. pronto notó en torno de su persona una conspiración sorda y astuta para apoderarse de su dinero. un gigante con galones de sargento le puso una pala en la mano, empujándole rudamente. se vió en el rincón de su parque convertido en cementerio, junto á la carreta de los cadáveres; tuvo que remover la tierra propia confundido con aquellos prisioneros exasperados por la desgracia, que le trataban como un igual.
volvió los ojos para no ver los cadáveres rígidos y grotescos que asomaban sobre su cabeza, al borde del hoyo, prontos á derramarse en el fondo de éste. el suelo exhalaba un hedor insufrible. había empezado la descomposición de los cuerpos en las fosas inmediatas. la persistencia con que le acosaban sus guardianes y la sonrisa marrullera del sargento le hicieron adivinar el _chantage_. el sanitario de las barbas debía tener parte en todo esto. y luego de entregar unas monedas pudo alejarse y vagar libremente. en la mañana del siguiente, sus sentidos, afinados por la inquietud, le hicieron adivinar algo extraordinario. los automóviles llegaban y partían con mayor rapidez; se notaba desorden y azoramiento en el personal.
el día anterior los había que cantaban al bajar de los vehículos, engañando su dolor con risas y bravatas. hablaban de la victoria próxima, lamentando no presenciar la entrada en parís. ahora todos permanecían silenciosos, con gesto de enfurruñamiento, pensando en la propia suerte, sin preocuparse de lo que dejaban á su espalda. fuera del parque zumbó un ruido de muchedumbre. empezaba otra vez la invasión, pero con movimiento de reflujo. pasaron durante horas enteras rosarios de camiones grises entre los bufidos de sus motores fatigados. marchaban lentamente, con una lentitud que desconcertaba á desnoyers, no sabiendo si este retroceso era una fuga ó un cambio de posición. lo único que le satisfacía era el gesto embrutecido y triste de los soldados, el mutismo sombrío de los oficiales. el monstruo verdoso conservaba aún el armado testuz al otro lado del marne, pero su cola empezaba á contraer los anillos con ondulaciones inquietas. después de cerrar la noche continuó el repliegue de las tropas. algunos truenos sonaban tan inmediatos, que hacían temblar los vidrios de las ventanas. un campesino fugitivo se refugió en el parque y pudo dar noticias á don marcelo. algunas de sus baterías se habían establecido en la orilla del marne para intentar una nueva resistencia.
médicos y enfermeros corrían de un lado á otro dando gritos, profiriendo juramentos cada vez que llegaba un nuevo automóvil. ordenaban al conductor que siguiese adelante, hasta otro hospital situado á retaguardia. habían recibido la orden de evacuar el castillo aquella misma noche. a pesar de la prohibición, uno de los carruajes se libró de su cargamento de heridos. tal era el estado de éstos, que los médicos los aceptaron, juzgando inútil que continuasen su viaje.
quedaron en el jardín tendidos en las mismas camillas de lona que ocupaban dentro del vehículo. a la luz de las linternas, desnoyers reconoció á uno de los moribundos. era el secretario de su excelencia, el profesor socialista que le había encerrado en la cueva. era el único rostro conocido entre todas aquellas gentes que hablaban su idioma. estaba pálido, con las facciones enjutas y un velo impalpable sobre los ojos. no tenía heridas visibles, pero debajo del capote tendido sobre su vientre, las entrañas, deshechas en espantosa carnicería, exhalaban un hedor de cementerio. la presencia de desnoyers le hizo adivinar adonde le habían llevado, y poco á poco coordinó sus recuerdos. como si al viejo pudiera interesarle el paradero de sus camaradas, habló con voz tenue y trabajosa que á él le parecía sin duda natural. ¡mala suerte la de su brigada! habían llegado al frente en un momento de apuro, para ser lanzados como tropas de refresco. muerto el comandante blumhardt en los primeros instantes: un proyectil de 75 se le había llevado la cabeza. muertos casi todos los oficiales que se habían alojado en el castillo.
su excelencia tenía la mandíbula arrancada por un casco de obús. lo había visto en el suelo rugiendo de dolor, sacándose del pecho un retrato que intentaba besar con su boca rota. el tenía el vientre destrozado por el mismo obús. había estado cuarenta y dos horas en el campo sin que lo recogiesen. faltan elementos de juicio para decidir quién es el culpable.
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cerró los ojos, desvanecido por su esfuerzo. ¡infeliz! colocaba la hora de la justicia en la terminación de la guerra, y mientras tanto, era él quien terminaba, desapareciendo con todos sus escrúpulos de razonador lento y disciplinado. temblaban las paredes del pabellón, se movían los vidrios con crujidos de fractura, suspiraban inquietas las dos mujeres en la pieza inmediata. al estrépito de los disparos alemanes se unían otras explosiones más cercanas.
adivinó los estallidos de los proyectiles franceses que llegaban buscando á la artillería enemiga por encima del marne. su entusiasmo empezaba á resucitar, la posibilidad de una victoria apuntó en su pensamiento. pero estaba tan deprimido por su miserable situación, que inmediatamente desechó tal esperanza. los suyos avanzaban, pero su avance no representaba tal vez mas que una ventaja local. rodaban automóviles ante el pabellón entre gritos de mando. debía ser el convoy sanitario que evacuaba el castillo. media hora después sonó el trote humano de una multitud que marchaba aceleradamente, perdiéndose en las profundidades del parque. lo primero que vió al salir del pabellón fué la bandera de la cruz roja que seguía ondeando en lo alto del castillo. ya no había camillas debajo de los árboles. en el puente encontró varios sanitarios y uno de los médicos. el hospital se había marchado con todos los heridos transportables. las walkyrias de la sanidad habían desaparecido igualmente. el barbudo era de los que se habían quedado, y al ver de lejos á don marcelo sonrió, desapareciendo inmediatamente. a los pocos momentos reaparecía con las manos llenas. nunca su presente había sido tan generoso. la boca enorme se dilataba con una sonrisa amable; sus manazas se posaron en los hombros de don marcelo.
parecía un perro bueno, un perro humilde que acaricia á un transeunte para que le lleve con él.» no sabía decir más, pero se adivinaba en sus palabras el deseo de hacer comprender que había sentido siempre gran simpatía por los franceses. algo importante estaba ocurriendo; el aire malhumorado de los que permanecían en la puerta del castillo, la repentina obsequiosidad de este rústico con uniforme, lo daban á entender. un batallón de infantería se había esparcido á lo largo de las tapias, con sus furgones y sus caballos de tiro y de montar. los soldados manejaban picos, abriendo aspilleras en la pared, cortando su borde en forma de almenas. otros se arrodillaban ó sentaban junto á las aberturas, despojándose de la mochila para estar más desembarazados. a lo lejos sonaba el cañón, y en el intervalo de sus detonaciones un chasquido de tralla, un burbujeo de aceite frito, un crujir de molino de café, el crepitamiento incesante de fusiles y ametralladoras. el fresco de la mañana cubría los hombres y las cosas de un brillo de humedad. sobre los campos flotaban vedijas de niebla, dando á los objetos cercanos las líneas inciertas de lo irreal.
el sol era una mancha tenue al remontarse entre telones de bruma. los árboles lloraban por todas las aristas de sus cortezas. un trueno rasgó el aire, próximo y ruidoso, como si estallase junto al castillo. desnoyers vaciló, creyendo haber recibido un puñetazo en el pecho. los demás hombres permanecieron impasibles, con la indiferencia de la costumbre. sólo entonces se dió cuenta de que dos baterías se habían instalado en su parque. las piezas estaban ocultas bajo cúpulas de ramaje; los artilleros derribaban árboles para enmascarar sus cañones con un disimulo perfecto. con palas formaban un borde de tierra de treinta centímetros alrededor de cada uno de ellos.
este borde defendía los pies de los sirvientes, que tenían el cuerpo resguardado por las mamparas blindadas de ambos lados de la pieza. luego levantaban una cabaña de troncos y ramaje, dejando visible únicamente la boca del mortífero cilindro. rechinaba los dientes, cerraba los puños á cada detonación, pero seguía inmóvil, sin deseo de marcharse, dominado por la violencia de las explosiones, admirando la serenidad de estos hombres, que daban sus órdenes erguidos y frios ó se agitaban como humildes sirvientes alrededor de las bestias tronadoras. su cerebro sólo vivía el momento presente. volvió los ojos con insistencia á la bandera blanca y roja que ondeaba sobre el edificio. se adivinaba su trabajo por las pequeñas nubes amarillentas que flotaban en el aire, por las columnas de humo que surgían en varios puntos del paisaje, allí donde había ocultas tropas alemanas formando una línea que se perdía en el infinito. una atmósfera de protección y respeto parecía envolver al castillo. se disolvieron las brumas matinales; el sol mostró al fin su disco brillante y limpio, prolongando en el suelo las sombras de hombres y árboles con una longitud fantástica. surgían de la niebla colinas y bosques, frescos y chorreantes después de la ablución matinal. el valle quedaba por entero al descubierto. desnoyers vió con sorpresa el río desde el lugar que ocupaba. el cañón había abierto durante la noche grandes ventanas en las arboledas que lo tenían oculto.
tronaban cumbres y arboledas, sin que se mostrase una sola persona. más de cien mil hombres debían estar agazapados en el espacio que abarcaban sus ojos, y ni uno era visible. los rugidos mortales de las armas al estremecer el aire no dejaban en él ninguna huella óptica. no había otro humo que el de la explosión, las espirales negras que elevaban los grandes proyectiles al estallar en el suelo. estas columnas surgían de todos lados. cercaban el castillo como una ronda de peonzas gigantescas y negras, pero ninguna se salía del ordenado corro osando adelantarse hasta tocar el edificio. don marcelo seguía mirando la bandera. pero al mismo tiempo la aceptaba por egoísmo, viendo en ella una defensa de su propiedad. los soldados, arrodillados, apoyaban sus fusiles en aspilleras y almenas. se mostraban satisfechos de este descanso después de una noche de combate en retirada. todos parecían dormidos con los ojos abiertos. poco á poco se dejaban caer sobre los talones ó buscaban el apoyo de la mochila. sonaron ronquidos en los cortos espacios de silencio que dejaba la artillería. los oficiales, de pie detrás de ellos, examinaban el paisaje con sus lentes de campaña ó hablaban formando grupos. allí se retiraban y en otros puntos los compañeros estarían avanzando con un movimiento decisivo.
hasta el último instante ningún soldado conoce la suerte de las batallas. don marcelo vió brillar un redondel de vidrio. era un monóculo fijo en él con insistencia agresiva. explicó que era el dueño del castillo.» quedó el oficial en hostil meditación, sintiendo la necesidad de hacer algo contra este enemigo.
los gestos y gritos de otros oficiales le arrancaron á sus reflexiones. desde una hora antes pasaban por el aire pavorosos rugidos envueltos en vapores amarillentos, jirones de nube que parecían llevar en su interior una rueda chirríando con frenético volteo. eran los proyectiles de la artillería gruesa germánica, que tiraba á varios kilómetros, enviando sus disparos por encima del castillo. no podía ser esto lo que interesaba á los oficiales. contrajo sus párpados para ver mejor, y al fin, junto al borde de una nube, distinguió una especie de mosquito que brillaba herido por el sol. en los breves intervalos de silencio se oía el zumbido, tenue y lejano, denunciador de su presencia. no podía imaginarse las dos cruces negras en el interior de sus alas. vió con el pensamiento dos anillos tricolores, iguales á los redondeles que colorean los mantos volantes de las mariposas. se explicaba la inquietud de los alemanes. el avión francés se había inmovilizado unos instantes sobre el castillo, no prestando atención á las burbujas blancas que estallaban debajo y en torno de él.
en vano los cañones de las posiciones inmediatas le enviaban sus obuses. todo lo que había ocurrido hasta entonces en las primeras horas de la mañana carecía de importancia comparado con lo que vendría después. sintió miedo, el miedo irresistible á lo desconocido, y al mismo tiempo curiosidad, angustia, la impaciencia ante un peligro que amenaza y nunca acaba de llegar. una explosión estridente sonó fuera del parque, pero á corta distancia de la tapia: algo semejante á un hachazo gigantesco dado con un hacha enorme como su castillo.. ppssible, posaible, kim possible incest, 0ossible, inecst, incesxt, KimPossibleIncest, kim, p9ssible, incet, kimk, 9ncest, ki, incest, possijble, inceast, possiblwe, possibl4e, possibloe, incezst, poszsible, incext, kim possible incest, possigble, KimPossibleIncest, possdible, possiblre, ijncest, opossible, kim possible incest, powsible, possibole, inmcest, kinm, incezt, poszible, KimPossibleIncest, possibnle, incest, kij, KimPossibleIncest, po9ssible, uncest, KimPossibleIncest, incest6, im, imncest, poissible, possibhle, kim possible incest, kimn, inceswt, incedst, kkim, possinle, incfest, possivble, incdest, posskible, KimPossibleIncest, possibl3, incsst, possuble, mim, incxest, KimPossibleIncest, posxible, inc4st, poswsible, possuible, incesy, KimPossibleIncest, ibncest, possibls, KimPossibleIncest, oncest, possiblr, kuim, ikm, iincest, KimPossibleIncest, kikm, incset, possibl, incest, inceset, incexst, inxest, incrst, posxsible, possiuble, kkm, incesft, inceat, kjim, incewst, incets, possibl4, possibler, jkim, incesf, 0possible, podssible, possibl3e, incestf, incesr, posdible, kjm, KimPossibleIncest, KimPossibleIncest, 8incest, incwest, pkossible, possi8ble, posdsible, kim, incvest, polssible, possibld, incest, iuncest, i8ncest, pozsible, KimPossibleIncest, possible4, possiboe, oim, KimPossibleIncest, possiblse, possibble, indcest, kim possible incest, kum, inncest, possble, possiblee, possible, kincest, increst, kim possible incest, nicest, possiblpe, incestr, oossible, posisble, inc4est, incdst, kim possible incest, inhcest, kim possible incest, inceet, invest, inxcest, incedt, iim, inc3st, poss9ible, k9m, incest, possoble, KimPossibleIncest, possibled, ijcest, KimPossibleIncest, possible3, kijm, p9ossible, incsest, poss8ible, poxsible, possible, KimPossibleIncest, kin, possihle, kim possible incest, p0ssible, inces6, possioble, incesg, k8m, inceszt, jincest, kim, jncest, 9incest, jim, plssible, kmi, possible, possaible, poseible, KimPossibleIncest, ppossible, poasible, KimPossibleIncest, i9ncest, possible, uincest, kom, incesyt, posskble, ince3st, possxible, KimPossibleIncest, KimPossibleIncest, p0ossible, kim possible incest, kim, lossible, kim, KimPossibleIncest, ince4st, inbcest, ioncest, KimPossibleIncest, possiblde, possiblle, pssible, possiblew, lkim, incwst, posseible, km, possibple, posible, KimPossibleIncest, ikim, posssible, incesst, ki8m, k9im, kiom, possibke, incst, inccest, KimPossibleIncest, posswible, infcest, kim possible incest, possinble, ihcest, poss8ble, possibgle, posesible, possjble, kim, psosible, pozssible, lpossible, KimPossibleIncest, piossible, KimPossibleIncest, incesat, KimPossibleIncest, injcest, koim, pissible, KimPossibleIncest, incerst, indest, KimPossibleIncest, kimj, pokssible, poessible, possibe, opssible, ossible, imcest, incesrt, posszible, kium, klim, poesible, infest, KimPossibleIncest, possible, KimPossibleIncest, ncest, plossible, possi9ble, possbile, possivle, po0ssible, kimm, possiible, invcest, possibel, 8ncest, ihncest, kim possible incest, popssible, inc3est, KimPossibleIncest, KimPossibleIncest, inest, posasible, k8im, podsible, kim possible incest, possible, poxssible, KimPossibleIncest, KimPossibleIncest, okim, ikncest, kncest, possile, inces, KimPossibleIncest, possiblw, incest, inces5, KimPossibleIncest, icest, kim possible incest, poossible, possoible, possibkle, inces5t, incesty, possible, pkssible, ibcest, kik, poassible, kimpossibleincest, kim possible incest, kim possible incest, ki9m, incesdt, icnest, incestt, kmim, kim possible incest, possikble, possibles, KimPossibleIncest, poswible, poss9ble, possigle, oincest, lim, incest5, incestg, kiim, inceest, powssible, inces6t, possilbe, possibvle, kim possible incest, possihble, KimPossibleIncest, incewt, incesgt, mkim, possibpe, possjible, KimPossibleIncest, possiblke.
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