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Luego montó en un automóvil con dos de sus ayudantes, y el grupo se deshizo. La cruel incertidumbre del viejo encontró interminables los momentos que tardó el oficial en volver á su lado.

el general deseaba castigar á los vecinos principales de villeblanche, y él había considerado por su propia iniciativa que el dueño del castillo debía ser uno de ellos. después de esta excusa reanudó los elogios á su excelencia.
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iba á alojarse en la propiedad de don marcelo, y por esto le perdonaba la vida. luego volvieron á temblar de cólera sus mejillas. señalaba unos cuerpos tendidos junto al camino. eran los cadáveres de los cuatro hulanos, cubiertos con unos capotes y mostrando por debajo de ellos las suelas enormes de sus botas. llegó un grupo de infantería mandado por un oficial. al abrirse sus filas vió desnoyers entre los uniformes grises varios paisanos empujados rudamente. algunos tenían sangre en el rostro y en las manos. los fué reconociendo uno por uno mientras los alineaban junto á una tapia, á veinte pasos del piquete: el alcalde, el cura, el guardia forestal, algunos vecinos ricos cuyas casas había visto arder. para evitarle toda duda, el teniente continuó sus explicaciones. así agradecerá mejor las bondades de su excelencia. habían agotado sus voces en una protesta inútil. toda su vida la concentraban en sus ojos, mirando en torno con estupefacción. el alcalde tenía en la frente la mancha roja de una gran desolladura. sobre su pecho se agitaba un harapo tricolor: la banda municipal, que se había puesto para recibir á los invasores y que éstos le habían arrancado. el negro ceñidor, roto por las violencias de los soldados, dejaba libre su abdomen y flotante su sotana. las melenas plateadas chorreaban sangre, salpicando de gotas rojas el blanco alzacuello. al verle avanzar por el campo de la ejecución con paso vacilante á causa de su obesidad, una risotada salvaje cortó el trágico silencio.
los grupos de soldados sin armas que habían acudido á presenciar el suplicio saludaron con carcajadas al anciano.» el fanatismo de las guerras religiosas vibraba en su burla. fuera de alemania, todo resultaba despreciable, hasta la propia religión. el alcalde y el sacerdote cambiaron de lugar en la fila, buscándose. se ofrecían mutuamente, el centro del grupo con una cortesía solemne. discutían por última vez, pero en este momento supremo era para cederse el paso, queriendo cada uno humillarse ante el otro. habían unido sus manos por instinto, mirando de frente al piquete de ejecución, que bajaba sus fusiles en rígida fila horizontal. desnoyers creyó que ambos habían gritado lo mismo. se alzaron dos verticales sobre las cabezas: el brazo del sacerdote trazó en el aire un signo, el sable del jefe del piquete relampagueó al mismo tiempo lívidamente. sintió lástima don marcelo por la pobre humanidad al ver las formas grotescas que adopta en el momento de morir. unos se desplomaron como sacos medio vacíos; otros rebotaron en el suelo lo mismo que pelotas; algunos dieron un salto de gimnasta, con los brazos en alto, cayendo de espaldas ó de bruces, en una actitud de nadador. unos soldados avanzaron con el mismo gesto de los cazadores que van á cobrar sus piezas. de la palpitación de los miembros revueltos se elevaron unas melenas blancas y una mano débil que se esforzaba por repetir su signo.
varios tiros y culatazos en el lívido montón chorreante de sangre. y los últimos temblores de vida quedaron borrados para siempre. el oficial había encendido un cigarro. los incendios cada vez más numerosos y los cadáveres tendidos en las calles ya no impresionaron al viejo. deseaba salir del pueblo cuanto antes, en busca de la paz de los campos. los grupos en descanso destruían con su contacto lo que les rodeaba. había aumentado mucho el número de sus guardianes durante la ausencia del dueño. vió todo un regimiento de infantería acampado en el parque. miles de hombres se agitaban bajo les árboles preparando su comida en las cocinas rodantes. los arriates de su jardín, las plantas exóticas, las avenidas cuidadosamente enarenadas y barridas, todo roto y ajado por la avalancha de hombres, bestias y vehículos. un jefe ostentando en una manga el brazal distintivo de la administración militar daba órdenes como si fuese el propietario.
ni se dignó fijar sus ojos en este civil que marchaba al lado de un teniente con encogimiento de prisionero. desnoyers vió sus últimas vacas que salían conducidas á palos por los pastores con casco. los reproductores costosos eran degollados todos en el parque como simples bestias de carnicería. en los gallineros y palomares no quedaba una sola ave. las cuadras estaban llenas de caballos enjutos que se daban un hartazgo ante el pesebre repleto. el pasto almacenado se esparcía pródigamente por las avenidas, perdiéndose en gran parte antes de ser aprovechado. la caballada de varios escuadrones iba suelta por los prados, destruyendo bajo su pateo los canales, los bordes de los taludes, el alisamiento del suelo, todo un trabajo de largos meses. por descuido ó por maldad, alguien había aplicado el fuego á sus montones. los árboles, con la corteza reseca por los ardores del verano, crujían al ser lamidos por las llamas. el edificio estaba ocupado igualmente por una multitud de hombres que obedecían á este jefe. sus ventanas abiertas dejaban ver un continuo tránsito por las habitaciones. desnoyers oyó golpes que resonaron dentro de su pecho. el general iba á instalarse en ella, luego de haber examinado en la orilla del marne los trabajos de los pontoneros, que establecían varios pasos para las tropas.
su miedo de propietario le hizo hablar. temía que rompiesen las puertas de las habitaciones cerradas; quiso ir en busca de las llaves para entregarlas. y se fué para incorporarse á su regimiento. pero antes de que desnoyers le perdiese de vista quiso el oficial darle un consejo. quieto en su castillo; fuera de él podían tomarle por un espía, y ya estaba enterado de la prontitud con que solucionaban sus asuntos los soldados del emperador. no pudo permanecer en el jardín contemplando de lejos su vivienda. los alemanes que iban y venían se burlaban de él. algunos marchaban á su encuentro en línea recta, como si no le viesen, y tenía que apartarse para no ser volteado por este avance mecánico y rígido. al fin se refugió en el pabellón del conserje. la mujer le veía con asombro, caído en un asiento de su cocina, desalentado, la mirada en el suelo, súbitamente envejecido al perder las energías que animaban su robusta ancianidad. su marido era llamado con frecuencia por los invasores. los asistentes de su excelencia, instalados en los sótanos del castillo, lo reclamaban para inquirir el paradero de las cosas que no podían encontrar.
de estos viajes volvía humillado, con los ojos llenos de lágrimas. tenía en la frente la huella negra de un golpe; su chaqueta estaba desgarrada. eran rastros de un débil intento de oposición durante la ausencia del dueño al iniciar los alemanes el despojo de establos y salones. el millonario se sintió ligado por el infortunio á unas gentes consideradas hasta entonces con indiferencia. agradecía mucho la fidelidad de este hombre enfermo y humilde. le conmovió el interés de la pobre mujer, que miraba el castillo como si fuese propio. la presencia de la hija trajo á su memoria la imagen de chichí. había pasado junto á ella sin fijarse en su transformación, viéndola lo mismo que cuando acompañaba, con trote de gozquecillo, á la señorita desnoyers en sus excursiones por el parque y los alrededores. ahora era una mujer, con la delgadez del último crecimiento, apuntando las primeras gracias femeniles en su cuerpo de catorce años. la madre no la dejaba salir del pabellón, temiendo á la soldadesca, que lo invadía todo con su corriente desbordada, filtrándose en los lugares abiertos, rompiendo los obstáculos que estorbaban su paso.
le avergonzaba esta exigencia material, pero las emociones del día, la muerte vista de cerca, el peligro todavía amenazante, despertaron en él un apetito nervioso. la consideración de que era un miserable en medio de sus riquezas y no podía disponer de nada en su dominio aumentó todavía más su necesidad. y contempló con asombro al millonario devorando un pedazo de pan y un triángulo de queso, lo único que pudo encontrar en su vivienda. la certeza de que no conseguiría otro alimento por más que buscase, hizo que don marcelo siguiese atormentado por su apetito. ¡haber conquistado una fortuna enorme, para sufrir hambre al final de su existencia!. desde las primeras horas de la mañana el mundo había cambiado su curso: todas las cosas parecían al revés. en el resto de la tarde y una parte de la noche fué recibiendo el propietario las noticias que le traía el conserje después de sus visitas al castillo. el general y numerosos oficiales ocupaban las habitaciones. no quedaba cerrada una sola puerta: todas estaban de par en par, á culatazos y hachazos. mientras tanto, el general y los suyos estaban en el comedor. bebían abundantemente y consultaban mapas extendidos en el suelo. el pobre hombre había tenido que bajar á las cuevas en busca de los mejores vinos.
al anochecer se marcó un movimiento de flujo en aquella marea humana que cubría los campos hasta perderse de vista. habían quedado establecidos varios puentes sobre el marne y la invasión reanudó su avance. bajo el fulgor de las primeras estrellas los soldados se agrupaban como orfeonistas, formando con sus voces un coral solemne y dulce, de religiosa gravedad. encima de los árboles flotaba una nube roja que la sombra hacía más intensa. era el reflejo del pueblo, que aún llameaba. a lo lejos, otras hogueras de granjas y caseríos cortaban la noche con sus parpadeos sangrientos. el viejo acabó por dormirse en la cama de sus conserjes, con el sueño pesado y embrutecedor del cansancio, sin sobresaltos ni pesadillas. el sol coloreaba de naranja las cortinillas de la ventana. a través de su tejido vió unas ramas de árbol y pájaros que saltaban piando entre las hojas. sintió la misma alegría de los frescos amaneceres del verano. miró con extrañeza el lecho y cuanto le rodeaba. de pronto la realidad asaltó su cerebro, paralizado dulcemente por los primeros esplendores del día. fué surgiendo de esta bruma mental la larga escalera de su memoria, con un último peldaño negro y rojo: el bloque de emociones que representaba el día anterior.
al entrar en la cocina, su conserje le dió noticias. el regimiento acampado en el parque había salido al amanecer, y tras de él, otros y otros. en el pueblo quedaba un batallón, ocupando las pocas casas enteras y las ruinas de las incendiadas. el general había partido también con su numeroso estado mayor. sólo quedaba en el castillo el jefe de una brigada, al que llamaban sus asistentes «el conde», y varios oficiales. los árboles guardaban impasibles los ultrajes sufridos en sus troncos. los pájaros aleteaban con sorpresa y regocijo al verse dueños otra vez del espacio abandonado por la inundación humana. pronto se arrepintió desnoyers de su salida. cinco camiones estaban formados junto á los fosos, ante el puente del castillo. varios grupos de soldados salían llevando á hombros muebles enormes, como peones que efectúan una mudanza.
un objeto voluminoso envuelto en cortinas de seda, que suplían á la lona de embalaje, era empujado por cuatro hombres hasta uno de los automóviles. odiaba ahora la ostentosa pieza, atribuyéndole una influencia fatal. ¡los otros muebles amontonados en los camiones!. en este momento pudo abarcar toda la extensión de su miseria y su impotencia. le era imposible defender su propiedad; no podía discutir con aquel jefe que saqueaba el castillo tranquilamente, ignorando la presencia del dueño. pasó toda la mañana con el codo en una mesa y la mandíbula apoyada en la mano, lo mismo que el día anterior, dejando que las horas se desgranasen lentamente, no queriendo oir el sordo rodar de los vehículos que se llevaban las muestras de su opulencia.
cerca de mediodía le anunció el conserje que un oficial llegado una hora antes en automóvil deseaba verle. parecía joven; ostentaba en una manga el brazal del estado mayor. no he querido pasar por aquí sin verle. dijo esto en castellano, y desnoyers experimentó una sorpresa más grande que todas las que había sentido en sus largas horas de angustia á partir de la mañana anterior. hablaban con orgullo de otto, casi tan sabio como el hermano mayor, pero que aplicaba su talento á la guerra. era teniente y continuaba sus estudios para ingresar en el estado mayor. y la bulliciosa chichí lo bautizó con un apodo, aceptado por la familia. desnoyers se admiró de las transformaciones realizadas por los años. mientras tanto, el militar explicaba su presencia allí. su general le había enviado para mantener el contacto con la división inmediata, pero al verse en las cercanías del castillo, había querido visitarlo. la familia no es una simple palabra. el se acordaba de los días que había pasado en villeblanche, cuando la familia hartrott fué á vivir por algún tiempo con sus parientes de francia. los oficiales que ocupaban el edificio le habían retenido para que almorzase en su compañía.
uno de ellos mencionó casualmente al dueño de la propiedad, dando á entender que andaba cerca, aunque nadie se fijaba en su persona. una gran sorpresa para el capitán von hartrott. y había hecho averiguaciones hasta dar con él, doliéndose de verle refugiado en la habitación de sus porteros. vuelva á su casa, donde le corresponde estar. mis camaradas tendrán mucho gusto en conocerle; son hombres muy distinguidos. se lamentó luego de lo que el viejo hubiese podido sufrir. no sabía con certeza en qué consistían tales sufrimientos, pero adivinaba que los primeros instantes de la invasión habrían sido crueles para él. al mismo tiempo celebraba que hubiese permanecido en su propiedad. tenían la orden de castigar con predilección los bienes de los fugitivos. alemania deseaba que los habitantes permaneciesen en sus viviendas, como si no ocurriese nada extraordinario.
¡pero si los invasores fusilaban á los inocentes y quemaban sus casas!. el sobrino se opuso á que siguiese hablando. palideció, como si detrás de su epidermis se esparciese una ola de ceniza; le brillaron los ojos, le temblaron las mejillas, lo mismo que al teniente que se había posesionado del castillo. --se refiere usted al fusilamiento del alcalde y los otros. me lo acaban de contar los camaradas. aún ha sido flojo el castigo; debían haber arrasado el pueblo entero: debían haber matado hasta á los niños y las mujeres.
hay que acabar con los franco-tiradores. su _moltkecito_ era tan peligroso y feroz como los otros. luego pidió noticias de su madre, alegrándose al saber que estaba en el sur. le había inquietado mucho la idea de que permaneciese en parís. pero el oficial había pasado sin más explicación á hablar de los suyos, creyendo que desnoyers sentiría impaciencia por conocer la suerte de la parentela germánica. su hermano «el sabio» daba conferencias acerca de los pueblos que debía anexionarse el imperio victorioso, tronando contra los malos patriotas que se mostraban débiles y mezquinos en sus pretensiones. los tres hermanos restantes figuraban en el ejército: á uno de ellos lo habían condecorado en lorena. las dos hermanas, algo tristes por la ausencia de sus prometidos, tenientes de húsares, se entretenían en visitar los hospitales y pedir á dios que castigase á la traidora inglaterra.
los soldados grises y rígidos, que habían ignorado hasta entonces la existencia de don marcelo, le seguían con interés viéndole en amistosa conversación con un oficial del estado mayor. adivinó que estos hombres iban á humanizarse para él, perdiendo su automatismo inexorable y agresivo. al entrar en el edificio, algo se contrajo en su pecho con estremecimientos de angustia. vió por todas partes dolorosos vacíos que le hicieron recordar los objetos que ocupaban antes el mismo espacio.
manchas rectangulares de color más fuerte delataban en el empapelado el emplazamiento de los muebles y cuadros desaparecidos. a la tristeza que le produjo el despojo frío y ordenado vino á unirse su indignación de hombre económico, viendo cortinas con desgarrones, alfombras manchadas, objetos rotos de porcelana y cristal, todos los vestigios de una ocupación ruda y sin escrúpulos. el capitán von hartrott creció de pronto con violento estirón. se separó del viejo, mirándole fijamente, mientras hablaba en voz baja, algo silbante por el temblor de la cólera. si se permitía insistir en tales apreciaciones, corría el peligro de recibir una bala como respuesta. los oficiales del emperador no se dejan insultar. y todo en su persona demostraba la facilidad con que podía olvidarse de su parentesco si recibía la orden de proceder contra don marcelo. el capitán reanudó sus amabilidades, como si hubiese olvidado lo que acababa de decir. su excelencia el conde meinbourg, mayor general, al enterarse de que era pariente de los hartrott, le dispensaba el honor de convidarle á su mesa.
invitado en su propia vivienda, entró en el comedor, donde estaban muchos hombres vestidos de color mostaza y con botas altas. instintivamente apreció con rápida ojeada el estado de la habitación. pero al mirar al interior de los aparadores monumentales experimentó otra vez una sensación dolorosa. por todas partes la obscuridad del roble. habían desaparecido dos vajillas de plata y otra de porcelana antigua, sin dejar como rastro la más insignificante de sus piezas. tuvo que responder con graves saludos á las presentaciones que iba haciendo su sobrino, y estrechó la mano que le tendía el conde con aristocrática dejadez. los enemigos le consideraban con benevolencia y cierta admiración al saber que era un millonario procedente de la tierra lejana donde los hombres se enriquecen rápidamente. se vió de pronto sentado como un extraño ante su propia mesa, comiendo en los mismos platos que empleaba su familia, servido por unos hombres de cabeza esquilada al rape que llevaban sobre el uniforme un mandil á rayas. y sin embargo, creyó hallarse en este sitio por primera vez, sufriendo el malestar de la extrañeza y la desconfianza. comió porque sentía hambre, pero alimentos y vinos le parecían de otro planeta. iba examinando con asombro á estos enemigos que ocupaban los mismos lugares de su esposa, de sus hijos, de los lacour.
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